PRÓLOGO
Rafael Esteve Secall ç


Para los que empezamos a peinar canas, la transformación que constantemente está experimentando el capitalismo no deja de sorprendernos un día sí y otro también. Los más jóvenes pueden estar más hechos a este proceso de rápida y permanente mutación, pero a unos y otros nos falta el distanciamiento necesario para comprender lo que está ocurriendo y atisbar el rumbo hacia el que nos encaminamos. En cualquier caso, nos encontramos en una fase de tránsito del capitalismo keynesiano de postguerra, que empezó a fenecer a mediados de los setenta con la crisis del petróleo, hacia un nuevo capitalismo que Manuel Castells califica de informacional .

Pero al mismo tiempo en que se transforman las bases de la producción lo hace la misma organización del tiempo en su totalidad dando lugar a la aparición de lo que algunos autores han llamado la “revolución del ocio”. Un conjunto de transformaciones sociales que tienen lugar en el seno de las economías desarrolladas y que se diferencia del funcionamiento de esas sociedades en épocas pasadas, o de otras sociedades atrasadas de esta misma época, en que predomina una preocupación general por los problemas de la subsistencia, del trabajo, etc, frente a la actual problemática del ocio y del tiempo libre que ocupa una buena parte de la atención social, y donde la búsqueda de soluciones y modelos propios a una sociedad en la que ocupar el creciente número de horas no dedicadas al trabajo pasa a un primer plano de la preocupación colectiva.

Y esto es así por un triple motivo. Primero, por la reducción de las horas de trabajo tanto diarias, como semanales, mensuales, y anuales lo que, a la postre, reduce el número de horas que cada individuo destina a trabajar a lo largo de su vida. Segundo, por el retraso de la incorporación al mundo laboral de los individuos como consecuencia de la ampliación de los periodos de formación, es decir por el alargamiento del ciclo educativo de los jóvenes. Tercero, por el adelantamiento de la edad de retiro del mundo del trabajo a consecuencia de la reducción de la edad de jubilación; y ello sin tener en cuenta –que habría que hacerlo también- el fenómeno de las jubilaciones anticipadas que la adaptación a los nuevos modelos de producción y la aplicación de las nuevas tecnologías ha propiciado.

Como consecuencia de todo ello, la duración de la vida activa de los ciudadanos del mundo desarrollado se está reduciendo de manera tal que, por ejemplo, en España ya está por debajo de los cuarenta años cuando hace un cuarto de siglo estaba por encima de los cuarenta y cuatro años, además de reducirse igualmente el número de horas laborales por año.

Esta es la perspectiva individual que explica la atención creciente que demanda la problemática del tiempo libre y del ocio, máxime con el aumento de la esperanza media de vida de las personas, que está ya por encima de los ochenta años de media, y cuando todo apunta a que siga aumentando.

Pero si analizamos esta temática desde una perspectiva global, es decir la del conjunto de la sociedad, el espectacular crecimiento de la población inactiva revela la trascendente dimensión de la problemática del ocio y de la ocupación del tiempo libre. Por eso utilizamos la expresión “revolución del ocio”. Revolución que está siendo posible por la reducción del número de horas de trabajo ya analizada; pero también lo es paralelamente por el incremento de la renta personal de libre disposición tras el descuento de los gastos indispensables de manutención y alojamiento. Una razón, posibilitando temporalmente el disfrute del ocio, y otra, haciéndolo factible económicamente, configuran los cimientos de la revolución del ocio.

Pero en el trasfondo de todo ello se encuentra la impresionante transformación tecnológica de la sociedad actual. La influencia de la revolución tecnológica en todos los aspectos de la vida ha tenido y alcanza en la actualidad tal magnitud que está modificando radicalmente las bases del funcionamiento social, ya sean del trabajo, ya sean de la vivienda, ya sean, en definitiva, de la propia estructura de la ocupación del territorio.

La progresiva pérdida relativa de importancia del sector agrario junto a la mejora de las infraestructuras de transporte terrestre ha tenido profundas repercusiones directas e indirectas sobre el poblamiento en general y la urbanización en particular. El abandono de las actividades rurales, llevadas a cabo tradicionalmente en el seno de la unidad familiar y sin sujeción alguna a horarios ni ritmos de trabajo, sino sólo pendientes del propio ritmo impuesto por la naturaleza, dio paso a un predominio del trabajo en sectores industriales y de servicios caracterizados por la dictadura del tiempo “horario” y, sobre todo, por la ruptura de los lazos que ligaban el medio laboral y el familiar, es decir por una diferenciación total entre el lugar de residencia y el de trabajo. Al mismo tiempo se produjo una radical modificación de los medios e instrumentos de trabajo y de la tecnología productiva que afectó a todos los sectores de la producción moderna. De esa forma el trabajo adquirió un carácter disciplinado, mecanizado y automatizado, con pérdida casi total de la iniciativa profesional, demandante de una mayor concentración y tensión que, como contrapartida, exigía un tiempo de ocio creciente para que el trabajador pudiese mantener sus equilibrios psicosomáticos. La propia separación entre la propiedad de los medios de producción y trabajo y el trabajador dio lugar a la pérdida total de la libertad del trabajador durante su jornada laboral, agudizando con ello su necesidad de ocio al término de la misma. Frente a modelos de vida en que los ciclos naturales o las costumbres cívico-religiosas eran las que marcaban el ritmo de la vida de las personas, el modelo industrial impuso la ruptura entre naturaleza o tradición y la producción estableciéndose la dictadura del tiempo.

No obstante una nueva revolución industrial está transformando de nuevo las bases del funcionamiento de las sociedades modernas desde las dos últimas décadas del siglo XX: lo que podríamos denominar la era tecnológica o del capitalismo “digital”. Una de sus manifestaciones, al margen de los espectaculares avances en las tecnologías de la información y la telecomunicación, es la denominada “producción flexible” que genera nuevos saltos en la productividad, pero que, al mismo tiempo, fuerza la reorganización de las bases de funcionamiento de la sociedad con relocalización de actividades y con una transformación de la propia organización social, con vuelta a la con-fusión de los espacios de residencia y de trabajo a los que se añaden los nuevos espacios del ocio, que inevitablemente está haciendo sentir sus efectos sobre todos los aspectos de la vida.

La principal consecuencia, desde la perspectiva del tiempo de trabajo, es que estos nuevos modos de producir están dando origen a una gran diversificación de las formas de organizar y repartir el trabajo a lo largo del tiempo: jornadas reducidas con horarios semanales, mensuales o anuales flexibles; jornadas variables en su comienzo y en su término; trabajo compartido entre parejas o equipos; flexibilidad de hasta el 40 por ciento del tiempo total de trabajo con opciones a horario anual, mensual o semanal; remuneraciones en efectivo o en tiempo libre; turnos de trabajo flexible del tipo 2x12 en vez de 3x8; autoempleo y todas sus posibles combinaciones con el empleo normal; etc. A estas variantes del trabajo asalariado se le añaden nuevas figuras contractuales no salariales que no son del caso analizar.

Y desde la perspectiva del espacio, la revolución tecnológica está posibilitando el trabajo en el propio hogar, sin horarios preestablecidos, en situación de flexibilidad absoluta. Por consiguiente, la “flexibilidad” es uno de los conceptos claves de la nueva organización de la producción social, porque flexibilidad es también sinónimo de productividad. Complementariamente, también significa la recuperación del control personal sobre los tiempos de trabajo y de ocio, máxime con la plena incorporación de la mujer al trabajo asalariado y la necesidad en las parejas de compartir tareas domésticas y de compatibilizar los horarios de trabajo y ocio respectivos.

Y ese tránsito del capitalismo industrial fordista al capitalismo “informacional” está teniendo lugar por fases sucesivas aunque puedan mostrar un cierto grado de superposición entre ellas. Estas fases son tres: a) la reorganización de los procesos productivos; b) la relocalización de actividades y el surgimiento descollante de nuevos sectores productivos de fuerte contenido tecnológico; y c) la reestructuración de la competencia y de los sistemas gerenciales.

La reorganización de los procesos productivos está significando la desaparición de la organización productiva de base taylorista y fordiana y su substitución por la denominada “producción flexible”, con la integración de las cadenas de producción y el establecimiento de nuevas relaciones entre empresas “madres” y suministradoras ligadas por sinergias no regidas por los precios. Esta reorganización productiva del capitalismo ha alterado de forma radical las bases de su funcionamiento, logrando con ello alcanzar incrementos muy fuertes de la productividad y consecuente aumento de la competitividad, requisitos imprescindibles para sobrevivir en un mercado globalizado.

La segunda fase es la de relocalización de actividades a la búsqueda de reducciones de costes que faciliten la competitividad de las empresas en los mercados globalizados, es decir la flexibilidad en la ubicación empresarial. Paralelamente están surgiendo nuevos sectores industriales en los que la tecnología se configura como factor productivo esencial. Es lo que fundamenta el auge de los sectores de la información y la telecomunicación y, al mismo tiempo, la ruptura de la empresa tradicional en múltiples empresas y equipos, -la diáspora empresarial- que facilita el traslado de muchas actividades a otros lugares para aprovechar las circunstancias favorables de los mismos.

La tercera fase, en la que nos hallamos inmersos es la reestructuración de la competencia a escala global y de los sistemas gerenciales. El mundo empresarial está siguiendo un espectacular, inacabado -e ¿inacabable?- proceso de fusiones empresariales, que estimula una acelerada dinámica de monopolización de la economía, frente al que no se están articulando los debidos contrapesos sociales.

Estos rasgos del moderno capitalismo que hemos descrito a vuela pluma están teniendo una influencia trascendental en las pautas del desarrollo económico, también desde el punto de vista espacial, ¿en qué sentido?

Es por eso que en este VI Congreso de la Asociación Andaluza de Ciencia Regional la temática que propusimos desde la Universidad de Málaga, encargada de su organización, fue la de las “Nuevas Tecnologías y Desarrollo Regional. ¿I+D+i=DR?”. Es decir, ¿la investigación, el desarrollo y la innovación aplicadas generan necesariamente los procesos de desarrollo regional?

 

Rafael Esteve Secall
Presidente del Comité Local